Por más de treinta años, si alguien en Colombia tenía el sueño de convertirse en actor, o de crear un personaje profundo y verdadero y quería aprenderlo con el mejor, el nombre del Taller Caja de Herramientas, y su maestro, Alfonso Ortiz, sería la respuesta que en el medio surgiría para quien quisiera adentrarse o profundizar en el oficio de la actuación.

Y no era cuestión de fama, o de prestigio, o de un protagonismo pasajero o de moda. Los fundamentos de ser reconocido como El Maestro, y el taller Caja de Herramientas como el mejor lugar para aprender a actuar, tenían un por qué, un por qué profundo y esencial que es el que me atreveré a ahondar en estas líneas.

Todas las generaciones que pasamos por sus manos teníamos en común un sueño. Un sueño atravesado en el alma que nos impulsaba a resolver en el escenario una búsqueda íntima, un anhelo que se revolcaba con ímpetu. Alfonso tenía la capacidad de conectarse con cada uno de sus alumnos de una manera profunda, sin que uno casi lo notara. En cada clase, la catarsis ocurría y se establecía un diálogo en donde los propios demonios, ángeles, conceptos, ideas, sentimientos, anhelos, traumas, genios, payasos y tontos de cada uno emergían solos y se depositaban en esa caja de herramientas que representaba el salón de clase. Cada parte, hasta la más mínima de la naturaleza humana, afloraba de nosotros, aprendices, y él, como el mejor director, jugaba a improvisar y a dejar fluir. Entonces nos conocíamos. Nos enfrentábamos a nuestros bloqueos, a nuestras alas. Surgía de nosotros una paleta de colores, en donde cada sombra y cada brillo pintaban en cada sesión las obras más únicas, esenciales e irrepetibles que cualquier escenario podría anhelar. Era su método: sacar de nosotros lo que éramos, y lo que no éramos. Lo que queríamos ser y lo que temíamos. Alfonso nos enseñó la lección más irremediable y transformadora: que todo lo que es el ser humano habita en nosotros. Nos enseñó que podíamos ser cualquier cosa, en cualquier escenario, y que para ello era necesario despojarnos de nuestros prejuicios y conceptos.

Y esa intimidad, ese conocernos hasta lo más enroscado y oscuro de nuestra siquis, era construido en la continuidad de la vida. Porque Alfonso no se limitaba a las cuatro paredes de un taller, y al horario de clase que implica una enseñanza cualquiera. El maestro sabía que la vida es un gran escenario, y que el teatro no se acababa en el telón. Por eso él era amigo, padre, hermano, parcero, compañero, director, cómplice. Su compañía trascendía el escenario pues tenía la capacidad de crear vínculos profundos con cuanto ser humano se le atravesara por el camino. Todo en él era intenso. Su risa, y sus lágrimas, sus abrazos, sus canciones, sus lecciones, su caminar. El sabía crear amistad, porque sabía que sólo cuando sentimos amistad tenemos la confianza para desnudarnos y para demostrar enteros lo que somos. Pero lo hacía de manera natural, sin poses ni segundas intenciones, “un arte sin artificios”. Jamás tuvo pretensiones, ni ínfulas, ni abusó de su poder al ver nuestras almas desnudas, frágiles y temerosas frente a su mirada. Por el contrario, aprovechó esos momentos para que nos reconociéramos en ellos, y con sorpresa viéramos la materia prima para crear nuestro camino.

 

Muchos siguieron el camino de la actuación, otros, diferentes disciplinas del arte, y otros caminos diversos por la vida. Pero de lo que estoy segura, es que nadie pasó por allí desapercibido, nadie salió de allí siendo el mismo. ¡Alfonso era revolución! Quien llegaba debía desarmarse para poder permanecer. Y no porque fuera una regla impuesta, o un dogma de fe. Era una consigna callada, una necesidad urgente que él transmitía sin palabras en el proceso de transformarse como humano. Porque lo que él nos enseñaba es que para ser actor se requiere ser mejor ser humano. Que nadie que no se transforme lo suficiente, se niegue a si mismo lo suficiente, se burle de si mismo lo suficiente, nadie que no lo haga podrá hacer un buen papel en el escenario. Y él lo demostró en su vida.

El día de su viaje, al ver los mensajes de tantos alumnos en sus redes, sentí la emoción de lo que para él debió significar el deber cumplido, y como siempre, en cada cosa que hizo, me lo imaginé pensando en el principio zen que dice: “una vez cumplida la obra y el mérito cumplido, lo oportuno es retirarse”. Así, en silencio, sabiendo que un nuevo camino espera a ser realizado con la humildad de reconocerse niño de nuevo en cada instante.

 

Alfonso Ortiz Páez, donde estés, seguirás siendo El Maestro, así que no hay forma de extrañarte, porque has logrado la eternidad en el corazón de todos los que tuvimos la fortuna de conocerte, y porque “la energía invisible que nos une, es lo único importante, en realidad”.

 

Por Olga Lucía Mendoza.