Actuemos.net

Farándula y famosos en América Latina

TEATROS EVENTOS Y CINE

La gata bajo la lluvia en Nueva York: un acto de memoria, amor y catarsis que conmueve hasta lo más profundo

En una ciudad donde cada noche nacen y mueren historias sobre el escenario, pocas logran permanecer en el cuerpo del espectador como lo hace La gata bajo la lluvia. En su estreno en Nueva York, el monólogo musical escrito e interpretado por el actor Charlie Zen no solo irrumpió en la escena del teatro latino: la atravesó, la sacudió y dejó una huella difícil de borrar.

Asistí a la premier sin saber que saldría transformado.

Desde el primer instante, la obra parece invitarnos a un universo lúdico, casi ligero,
donde la estética, la música y el humor construyen una atmósfera cercana. Pero lo que
comienza como una experiencia aparentemente amable, se va transformando —con una
precisión emocional admirable— en un relato íntimo, profundo y devastador.

La gata bajo la lluvia es, en esencia, una oda a la amistad, a los sueños que nos
sostienen, a los vínculos que nos construyen… y a la necesidad urgente de recordar.

Inspirada en la vida de Leonardo Flórez, mejor amigo del actor, la obra se convierte en
un homenaje lleno de verdad. Un acto de amor que no se esconde, que no se suaviza,
que no se protege. En escena, Charlie Zen no interpreta: se expone. Y en esa entrega
absoluta encuentra la fuerza que sostiene cada segundo.

El relato se despliega a través de un viaje que entrelaza lo personal con lo histórico,
situándose en momentos clave de la vida nocturna de Bogotá, atravesados por
transformaciones sociales profundas: la llegada del VIH, el inicio del internet, los

cambios culturales que marcaron a toda una generación. Sin embargo, la obra no se
queda en la reconstrucción de una época; la trasciende. La convierte en espejo.

Porque lo que vemos en escena no es solo la historia de Leonardo. Es la historia de
todos.

El montaje está acompañado magistralmente por cuatro músicos en vivo, bajo la
dirección de la colombiana Jessi Lesmes, quien construye una atmósfera escénica
precisa, elegante y profundamente emocional. La iluminación, lejos de ser un elemento
técnico, se convierte en un lenguaje que dialoga con el cuerpo del actor y con el pulso
de la narrativa.

La dirección musical, a cargo de Daniel Pumarejo, aporta una estructura sólida que
sostiene cada momento del viaje. Pumarejo y Zen —quienes ya habían trabajado juntos
en Catatonia— reafirman aquí una complicidad artística que se siente orgánica,
necesaria, profundamente conectada.

La música interpretada por cuatro expertos músicos, Daniel Pumarejo, Axel Barragán,
Sebastian Gonzalez, Ricky Roma, quiénes acompanan al actor y lo sostienen con
clásicos de Juan Gabriel, Rocío Dúrcal, Marta Sánchez y otros íconos de los años 80 y
90 como La maldita primavera— no acompaña la obra: la encarna. Cada canción es un
detonante emocional, un puente directo con la memoria del público, un lenguaje
universal que trasciende el tiempo y el idioma.

Y es ahí donde ocurre algo extraordinario.

En la sala no solo había público latino. Había espectadores de habla inglesa, francesa…
y todos, absolutamente todos, estaban atravesados por la misma emoción. Porque esta
no es una obra que se entienda únicamente desde las palabras. Se entiende desde el
cuerpo, desde la música, desde la entrega brutal de un actor que logra una conexión tan
honesta que el idioma deja de ser una barrera.

Al finalizar la función, la sala entera estaba suspendida en un mismo latido. No hubo
una sola persona que no estuviera conmovida. Lágrimas, silencios densos, miradas
perdidas… y luego, una ovación de pie que se extendió por más de cinco minutos.

Recuerdo que, apenas terminó, lo único que pude hacer fue ir al camerino.

Necesitaba abrazarlo.

Lo abracé y le dije que llevaba toda la obra con ganas de hacerlo. Desde ese momento
en el que lo vi en el suelo, completamente roto, entregándolo todo, entendí que lo que
estaba ocurriendo en escena era más grande que cualquier interpretación.

Era verdad.

 

En su camerino, aún atravesado por la intensidad de la función, conversamos con
Charlie Zen.

—Charlie, lo que vimos en escena no es solo una obra, es una experiencia
profundamente emocional. ¿De dónde nace la necesidad de contar esta historia?

—Nace de una deuda. De una deuda emocional muy grande. Esta es una historia real,
una historia que viví… pero también es una historia que no pude cerrar. Cuando
Leonardo murió, nosotros estábamos distanciados. Yo no estuve ahí para abrazarlo, para
sostenerlo, para despedirme. Y esta obra es, de alguna forma, mi manera de decirle: “sí
estuve”. Cada noche que subo al escenario, siento que lo abrazo… que le doy la mano…
que caminamos juntos. Es una forma de sanar. Y también de cumplirle.

—¿Por qué decidir contar esta historia como un monólogo musical?

—Porque la música era parte de nuestra vida. Era nuestro lenguaje. Yo no podía contar
esta historia sin música, porque sería traicionar lo que fuimos. Y el monólogo… porque
esta historia, aunque habla de muchos, es profundamente íntima. Es mi voz hablándole
a él, pero también hablándole al público. Es un espacio donde no hay dónde esconderse.
Y creo que esa vulnerabilidad es lo que conecta.

—La obra logra una conexión muy profunda con el público. ¿Cómo construiste ese
puente?

—Quise llevar la historia a un lugar donde todos pudiéramos encontrarnos. Por eso la
situé en los años 90, atravesándola por momentos históricos que marcaron a toda una
generación. Quería que el público no solo escuchara la historia, sino que recordara la
suya. Y cuando eso pasa… la historia deja de ser mía.

—¿Qué recibiste del público en esta primera función?

—Amor. Mucho amor. Pero sobre todo verdad. Sentí que no estaban aplaudiendo una
actuación. Estaban conectando con algo real.

—La ovación fue larga, intensa. ¿Qué significó para ti ese momento?

—Que no era yo. Yo sentí que no era yo. Era Leonardo. Era él el que estaba recibiendo
esos aplausos. Y eso fue lo que más me conmovió.

—Tu obra está atravesada por la memoria. ¿Es una constante en tu trabajo?

—Sí. He perdido a muchas personas importantes en mi vida. Mi gran amor, mis mejores
amigos, Leo, mi mejor amiga Raquel, mi padre… Y el arte se volvió el lugar donde los
mantengo vivos. Donde puedo volver a hablar con ellos.

Pero también estoy en otro momento. Estoy escribiendo una novela para mi mamá…
porque quiero homenajearla en vida. Porque también quiero celebrar a quienes aún
están.

—La obra conecta Bogotá con Nueva York. ¿Qué significa ese cruce?

—Ese era su sueño. Leonardo soñaba con Nueva York. Y yo sentí que tenía que traerlo
hasta aquí. Cumplirle. Por eso esta obra existe.

—¿Qué viene ahora para ti?

—En mayo empiezo Psicópata, una obra de un autor uruguayo. Es un viaje
completamente distinto, más oscuro. También seguimos con el cine y con la segunda
edición de la Semana del Cine Colombiano en Nueva York, que regresa con artistas
como Alejandro Aguilar y Angélica Blandón. Y vamos a anunciar pronto los
embajadores de esta nueva edición.

—¿Y qué viene para “La gata bajo la lluvia”?

—Nos quedan tres funciones en Nueva York: el 27 de marzo, el 4 y 5 de abril. Luego
nos vamos de gira por ciudades como Chicago, Dallas, Los Ángeles, San Francisco,
Miami… y después regresamos a Colombia.

Y eso me emociona mucho. Quiero que la vean allá. Que las personas que conocieron a
Leonardo puedan sentarse en una sala… y sentir esto. Creo que va a ser muy especial.
— Sabemos también que estás dedicado a enseñar, como ha sido esa experiencia?
__ no es algo nuevo para mi, siendo muy joven ya dictaba Clases en un colegio y en
compensar donde me enviaban a colegios a dictar clases de arte y desde ese
entonces siento que he tenido esa necesidad de formar.
aquí en NY, empezamos con talleres de cine dentro del festival e invitando actores y
directores a dar clases, pero en este taller de montaje teatral dije, lo voy a hacer yo y
ha sido mágico, tengo un grupo de alumnos hermoso y talentoso y estamos
preparando “un tranvía llamado deseo” como muestra final, estarán el 5 y 7 de abril
en el mismo teatro. Yo amo este arte y es muy emocionante poder enseñar por que
aquí también aprendo.

Un acto que trasciende

La gata bajo la lluvia no es solo una obra. Es un acto de presencia. Un gesto de amor.
Una catarsis compartida.

Es el tipo de experiencia que no termina cuando se baja el telón.

Aún hoy, días después de haberla visto, seguimos pensando en ella. Seguimos con el
corazón arrugado, conmovidos por una historia tan profundamente humana, tan
dolorosamente hermosa.

Invitamos a todos —latinos y no latinos— a vivir esta experiencia. A dejarse atravesar
por una obra que, a través de la música y la conexión emocional, logra hablar en un
lenguaje universal.

Estamos seguros de que La gata bajo la lluvia no solo marcará un hito en la carrera de
los artistas que la crean, sino también en cada persona que se siente en esa sala.

Porque quien entra… no sale igual.
Y porque, en algún lugar —arriba, lejos, o quizás muy cerca— estamos seguros de que
Leonardo sonríe, aplaude… y se conmueve tanto como todos nosotros aquí en la tierra.

Con La gata bajo la lluvia, Charlie Zen no solo entrega una de las propuestas escénicas
más conmovedoras de la temporada: se consolida y confirma como uno de los artistas
latinos en la ciudad de Nueva York con mayor proyección, fuerza y carácter.

Su capacidad de arriesgar, de exponerse sin artificios y de convertir lo íntimo en un
lenguaje universal lo posiciona como una voz imprescindible dentro del panorama
teatral contemporáneo. Y, como ya nos tiene acostumbrados con sus trabajos anteriores,
todo indica que seguirá marcando tendencia y dejando una huella profunda en el
circuito del teatro latino de la ciudad.

La gata bajo la lluvia no es solo una obra que se ve. Es una experiencia que se queda.

No se la pierdan.

Por: George Andreas
Para: Latino Man Broadway